Mié. Ago 17th, 2022

“El pueblo se cansa de tanta pinche transa”

La mañanera de AMLO en Sonora

Hasta ahora que estoy dando mis primeros pasos en el cuarto piso de los flamantes chavorrucos, es que puedo darle nombre a todo aquel desencanto que las noticias sobre política le causaban a mi familia cuando se discutía el tema con un cafecito o una helada en la mano: resulta que me tocó crecer en los ochentas-noventas y comenzar a tomar conciencia del mundo cuando comenzaba el neoliberalismo a dar sus primeros pasos en el país.

Para bien y para mal el tiempo pasó, la familia fue y vino por todas las alegrías y sinsabores que pasan las familias del tercer mundo latinoamericano: hubo bodas y divorcios, inversiones y descalabros, trabajos y despidos, abundancia y escasez, ya saben, todo eso que se vive cuando no se vive en la parte más alta de la pirámide social donde hasta la fecha pareciera que se habita otro mundo y se persiguen otros sueños.

En fin, junto a las historias de mi sangre, mis amores y mis amistades, siempre me acompañaron las artes plásticas y la poesía donde me desenvolví con pasión y entrega antes de que el internet tuviera una calidad decente, y claro, mucho antes de que existieran los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Y ahí iba con mi caminito vital y creativo medio en broma y medio en serio hasta que me topé con los posgrados en historia y sociología que volvieron a avivar un viejo fuego que también me acompañó a lo largo de todas mis edades: el fuego social.

Es precisamente este fuego que se me cruza en las venas con el otro fuego fundamental para mí, y que tiene que ver con las llamaradas de las que es capaz el amor paterno cuando este llega y todo lo incendia por dentro hasta quemar cada una de las expectativas, cada uno de los autoengaños, de las renuncias, los sabotajes y las heridas que me mantuvieron por años a ras de suelo sin yo saberlo.

Es en este punto cuando las incandescencias maduran, se elevan y confluyen que muero una muerte querida, porque muere en mí aquel que fui y se negaba a repetir el salto que ya había dado hacia este abismo hecho de palabras en el que cada uno de mis rostros y mis identidades ya habían sembrado a mordidas su propia profundidad. 

Es entonces que me decido y escarbo, y sigo escarbando, hasta romper con mis dientes vencidos los nudos que me impedían por miedo y decepción esto que soy y siento y es en mí que arde y arderá hasta que ya no me queden más esperanzas, impulsos y deseos para seguir soñando. 

Sí, porque de pronto me veo otra vez en medio del mundo preparado para seguir luchando, y me siento otra vez abastecido y armado en la trinchera humanista desde la que quise cambiar la realidad cuando fui niño y cuando fui joven, incluso sabiendo que nada cambiaría. Pero aquí estoy, otra vez, un poco más viejo y más cansado pero con la misma verdad incendiaria quemándome los ojos y las manos para decir y gritar que sí, que el pueblo está harto de tanta pinche transa que nos ha tocado ver y vivir durante las últimas décadas de políticas neoliberales que manipularon y traicionaron a los hermosillenses, a los sonorenses, a los mexicanos y a los latinoamericanos al privatizar lo público y las ganancias mientras se socializaban las deudas y las pérdidas con mentiras y engaños.

Sí, el pueblo está harto; este mismo pueblo que es todos los pueblos de esta tierra hermanada con todas las tierras está harto; harto de tanta pinche transa, de tanta pinche ambición corrupta, ilegal, depravada y depredadora, saqueadora, violadora, asesina, mezquina, sádica y narcisista que nos enferma, nos roba y nos mata.

Sí, el pueblo está harto de tanta gente desalmada, vendida y alienada.

Sí, el pueblo está harto, y pide a gritos justicia y bienestar como condiciones sociales mínimas para recobrar la fe y la esperanza.

Sí, el pueblo sabe que poner en alto la dignidad humana y el valor de la vida, es nuestra mejor venganza.

Por Iván Camarena

En portada, el otrora y reconocido activista Rafael Ordoñez despotrica contra el neoliberalismo, una tarde veraniega de 2018 en la biblioteca de El Colegio de Sonora en Hermosillo